Los enemigos del arte

DIGRESIONES FILOSÓFICAS | Artículo de opinión de Eduardo Martín

- Escrito el 01 agosto, 2018, 12:00 pm
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¿Qué razón mueve al Vaticano a prohibir una película de Godard sobre la Virgen María, a los clérigos iraníes a condenar a muerte a Salman Rushdie por la publicación de Los versos satánicos, a Fidel Castro a dejar claro que el surrealismo o el pop art son una forma de degeneración propia de maricones o al ISIS a destruir gran parte de la columnata del Tetrapylon y de la fachada del teatro romano de la ciudad de Palmira?

«En el arte ven una forma de representación de una verdad difícilmente controlable que entra en conflicto con el poder y la verdad del Estado»

La respuesta es que todos ellos ven en el arte una forma de representación de una verdad difícilmente controlable que entra en conflicto con el poder y la verdad del Estado. Una verdad racional que es alternativa a la verdad del Estado, democrático o no, y que escapa e incómoda al control burocrático, científico y administrativo.

Desde estas instancias se reconoce el poder del arte para mostrar o representar una verdad que puede calar en el espíritu humano de una forma libre. En esto, aunque de manera diferente, la filosofía y el arte se dan la mano en ese tener un papel ciertamente problemático en el Estado social y político, a no ser que ambos, filósofo y artista, vendan su alma y su ser al mejor postor burocrático por motivos espurios.

Poder transgresor
«El arte interroga al mundo, lo interpreta, lo cuestiona, buscando un sentido»

Platón consideró que las artes engañaban y contaban mentiras que corrompían al Pueblo, viendo ya con claridad ese poder transgresor y de dar ´verdad`. Para el filósofo ateniense el arte corrompe y entontece al ciudadano. En el siglo XIX decía Hegel: “Lo que buscamos en el arte, como en el pensamiento, es la verdad”. Y es difícil escapar de este filósofo idealista alemán del siglo XIX, aunque no esté de moda en los círculos de la filosofía académica. El arte interroga al mundo, lo interpreta, lo cuestiona, buscando un sentido.

Para Hegel “los seres de la naturaleza se contentan con ser, son simples, son una sola vez; pero el hombre, en tanto que conciencia, se desdobla: es una vez, pero para sí mismo”. La función del arte es sacar de sí, exteriorizar lo que se es para encontrar un reflejo de sí mismo. Con el arte, el hombre se interroga a sí mismo y se reconoce a través de imágenes y objetos sensibles a modo de espejos.

Pero lo que este filósofo idealista hace es marcar el principio del fin del arte, pues reduce las obras de arte a documentos históricos (desde el arte simbólico, pasando por el arte clásico y llegando al arte romántico, representado por una figura como Beethoven) que son momentos del despliegue del Espíritu en cada época histórica.

Supervisión de los burócratas

Si continuamos con este macabro recorrido histórico, con el marxismo y los nacionalismos artísticos el arte es una actividad simbólica que debe estar bajo el control administrativo y burocrático, como un departamento del ministerio de la propaganda con la férrea supervisión de un comisario experto en temas nacionales. El artista ya no expresa un genio individual, sino el pensar y el sentir de todo un Pueblo bajo la inquietante supervisión de los burócratas que le hacen los encargos y cuya ´crítica negativa` suponía unas largas ´vacaciones` en el Gulag donde los artistas volvían a ser reeducados si antes no morían de hambre o de frío.

La perspectiva de la modernidad deja de ser halagüeña con la mercantilización y la masificación de un arte que deviene en mercancía. Para Walter Benjamin la experiencia estética sufre un proceso de secularización, profanación y desencantamiento en el que se desliga la obra de arte de sus funciones culturales. El arte contemporáneo se convierte en puro exhibicionismo y es cuando entramos de lleno en lo que podríamos llamar ´mercado del arte` del que buena muestra son la Bienal de Venecia, la Documenta de Kassel o la Feria Arco de Madrid convertidos en verdaderos parques temáticos.

Arte efímero

En su novela Kassel no invita a la lógica; Enrique Vila-Matas, con gran ironía y sentido del humor, describe su experiencia real en la Documenta 13 con la obra Invisible Pull (el impulso invisible) de Ryan Gander. Esta obra consistía en atravesar una sala y en sentir una corriente de aire artificial: “una brisa etérea que parecía empujar levemente a los visitantes y darles una suave fuerza inesperada, un ímpetu suplementario”. Un artista firma una corriente de aire. ¡Qué maravilloso!

Hasta el mismísimo Marcel Duchamp y su urinario quedarían maravillados ante semejante espectáculo que no requiere de ninguna expresión física, ya sea un cuadro, escultura, artefacto, instalación, etc., y que, además, no necesita de ninguna explicación escrita ni puede constar en el grueso catálogo de Documenta 13. Este arte efímero solo cabe verse en directo.

Ausencia de crítica y criterio
«Las artes siguen más vivas que nunca»

Después de todo lo dicho hasta ahora, ¿para qué necesitamos a los artistas? No para embellecer el salón de nuestra casa a modo de artificio o decoración, sino para conocer fugazmente un atisbo de verdad o encontrar un sentido a la existencia que pueda producir gozo o dolor, más allá de la verdad de las ciencias y en un mundo en el que impera el espectáculo, la falsificación del arte convertida en verdad por ausencia de crítica y criterio.

Sin embargo, y a pesar de que en nuestra época hay un claro acabamiento del Arte con mayúsculas, las artes siguen más vivas que nunca y buena prueba de ello es la interpretación de La Dama del Armiño de Leonardo del pintor valenciano Manuel Gil Labrandero.