Somos mayoría, y no hay más que hablar

Uno de los principios básicos sobre los que se asienta la democracia es la regla de la mayoría entendida como procedimiento para la toma de decisiones públicas Una de las formas que tienen de amordazarnos y cerrarnos la boca los que se autodenominan ´demócratas` es apelar a la incuestionable legitimidad de la opinión de la mayoría. Pedir razones y argumentar no está de moda, solo queremos votar y reivindicar nuestro derecho a decidir, y no deliberar sobre cuáles son los principios y fundamentos sobre los que asientan nuestras decisiones políticas. Esto no se discute, ¿para qué? Quienes reclaman reflexión son tachados automáticamente de antidemócratas en reuniones vecinales, claustros de profesores, plenos de ayuntamientos, parlamentos, etc. «Solo queremos votar, pero no deliberar sobre cuáles son los principios y fundamentos sobre los que asientan nuestras decisiones políticas» La regla de la mayoría es un procedimiento democrático fundamental que facilita enormemente la toma de decisiones políticas, pues una deliberación sin su consiguiente decisión imposibilita la acción política y paralizaría cualquier sistema político democrático: “hay que pasar a la acción”. Sin embargo, más allá de la indudable necesidad de este método para la adopción de decisiones públicas, no conviene confundir la forma utilizada para la toma de decisiones con el contenido o la sustancia que hay detrás, y diríamos también, delante de esta decisión. Deliberación Cuando los grupos o asociaciones se vuelven sectarios, a menudo cometen dos errores en uno: en primer lugar, reducen a su mínima expresión el proceso de deliberación posponiéndolo ad infinitum (“no es el momento”, dicen) para, a continuación, tomar la decisión por mayoría y suponer que, puesto que participan de la forma democrática, también participan de su contenido. Lo justo, libre, igualitario y verdadero sería lo que como mínimo la mitad más uno estableciera en cada momento. Además, el recuento podría realizarse con gran celeridad gracias a la maravillosa tecnología informática de la que disponemos. En esa incontenible nebulosa de información, que no de conocimiento, llamada internet, el usuario podría apretar una tecla y decidir su destino. Después los mayoritarios podrían legitimar su victoria con un: “somos mayoría, y no hay más que hablar”. «La ausencia de genuina deliberación favorece que tomemos las decisiones dejándonos llevar sin análisis previo por los tópicos y prejuicios al uso» Ante tal peligroso panorama, habría que decir que la utilidad o virtud de esta regla de la mayoría se torna en su principal debilidad, pues cuando este mecanismo aritmético echa a andar de manera automática ocurre lo contrario a lo que manifestamos anteriormente: no es que el exceso de deliberación obstaculice la toma de decisiones y paralice la acción política, sino que la ausencia de genuina deliberación favorece que tomemos las decisiones dejándonos llevar sin análisis previo por los tópicos y prejuicios al uso. Perversión de la democracia Una vez consumada tal perversión de la democracia, pertenecer al grupo, al partido, al colectivo supone acomodarse a la moda verbal aceptada, a la tópica mayoritaria, al calorcillo del grupo para sentir su seguridad y no sentirse solo. Todo un ejercicio de gregarismo que nos adormece y nos hace sentirnos normales, demasiado normales. En estos momentos, cualquier ejercicio genuino de crítica que pretenda cuestionar la validez de esta tópica dogmática se tacha de ´alta traición`, con el consiguiente peligro de dejar de ser ´uno de los nuestros` al estar ´fuera del grupo`. Solo caben dos opciones, ´o conmigo o contra mí`, lo cual es un falso dilema propio de un pensamiento sectario. El análisis crítico de los contenidos o fundamentos sobre lo que se está deliberando se considera nocivo porque provoca desunión y es por todos sabido que la ´unión hace la fuerza`. Y añadiríamos que la unión en el error hace el error más grande, peligroso y nefasto. En la toma de decisiones de un grupo, asociación o parlamento, etc., el consenso no debe alcanzarse pagando el precio de un déficit de deliberación. El disenso no debe verse como un boicot o un inconveniente a extirpar, sino como una fuente de reflexión libre y razonada que constituye la savia de la que manarán nuevas y buenas ideas compartidas por muchos. Simplemente hay que estar dispuesto a ser permeable a las ideas de los demás. Valentía política A la consumación de este plegamiento irreflexivo a la ´secta mayoritaria` la denominó John Stuart Mill a mediados del s. XIX la ´tiranía de la mayoría`: “Hoy, en las especulaciones políticas, ´la tiranía de la mayoría` suele incluirse entre los males contra los que la sociedad debe permanecer en guardia. Como las demás tiranías, la de la mayoría fue temida desde el comienzo, y aún sigue siéndolo de manera generalizada; sobre todo, cuando obra a través de las autoridades públicas. Pero, además, las personas reflexivas percibieron que, cuando la sociedad es el tirano -la sociedad colectivamente, más allá de los individuos aislados que la componen- sus medios de tiranizar no se limitan a los actos que puede llevar a cabo mediante sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y lo hace, sus propios mandatos, y si dicta mandatos errados en lugar de razonables, o mandatos que se entrometen en cosas en las que no debería mezclarse, lleva a la práctica una tiranía social más formidable que muchas clases de opresión política, porque, si bien no se apoya en sanciones tan excesivas, deja mucho menos vías de escape, penetra mucho más en los pormenores de la vida y llega a esclavizar incluso al alma”. «Al contrario de lo que dice el tópico político, el pueblo se equivoca» Lo injusto o lo discriminatorio no deja de serlo porque una mayoría así lo defienda. Es una perversión de la democracia pensar que una decisión es democrática tan solo porque ha sido decidida mayoritariamente, porque paradójicamente podríamos acabar con la democracia por métodos democráticos. Ese es uno de los peligros de toda clase de populismo. Hay una sustancia de la democracia que no es otra cosa que la defensa de los derechos de los sujetos políticos libres e iguales dentro de una comunidad política constituida y la valentía del político estaría en contrariar a la opinión pública mayoritaria cuando esta es injusta, porque, al contrario de lo que dice el tópico político, el pueblo se equivoca. Post Views: 734

Artículo de opinión de Eduardo Martín Gutiérrez | Profesor de Filosofía

- Escrito el 05 julio, 2017, 11:46 am
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Uno de los principios básicos sobre los que se asienta la democracia es la regla de la mayoría entendida como procedimiento para la toma de decisiones públicas

Una de las formas que tienen de amordazarnos y cerrarnos la boca los que se autodenominan ´demócratas` es apelar a la incuestionable legitimidad de la opinión de la mayoría. Pedir razones y argumentar no está de moda, solo queremos votar y reivindicar nuestro derecho a decidir, y no deliberar sobre cuáles son los principios y fundamentos sobre los que asientan nuestras decisiones políticas. Esto no se discute, ¿para qué? Quienes reclaman reflexión son tachados automáticamente de antidemócratas en reuniones vecinales, claustros de profesores, plenos de ayuntamientos, parlamentos, etc.

«Solo queremos votar, pero no deliberar sobre cuáles son los principios y fundamentos sobre los que asientan nuestras decisiones políticas»

La regla de la mayoría es un procedimiento democrático fundamental que facilita enormemente la toma de decisiones políticas, pues una deliberación sin su consiguiente decisión imposibilita la acción política y paralizaría cualquier sistema político democrático: “hay que pasar a la acción”. Sin embargo, más allá de la indudable necesidad de este método para la adopción de decisiones públicas, no conviene confundir la forma utilizada para la toma de decisiones con el contenido o la sustancia que hay detrás, y diríamos también, delante de esta decisión.

Deliberación

Cuando los grupos o asociaciones se vuelven sectarios, a menudo cometen dos errores en uno: en primer lugar, reducen a su mínima expresión el proceso de deliberación posponiéndolo ad infinitum (“no es el momento”, dicen) para, a continuación, tomar la decisión por mayoría y suponer que, puesto que participan de la forma democrática, también participan de su contenido. Lo justo, libre, igualitario y verdadero sería lo que como mínimo la mitad más uno estableciera en cada momento.

Además, el recuento podría realizarse con gran celeridad gracias a la maravillosa tecnología informática de la que disponemos. En esa incontenible nebulosa de información, que no de conocimiento, llamada internet, el usuario podría apretar una tecla y decidir su destino. Después los mayoritarios podrían legitimar su victoria con un: “somos mayoría, y no hay más que hablar”.

«La ausencia de genuina deliberación favorece que tomemos las decisiones dejándonos llevar sin análisis previo por los tópicos y prejuicios al uso»

Ante tal peligroso panorama, habría que decir que la utilidad o virtud de esta regla de la mayoría se torna en su principal debilidad, pues cuando este mecanismo aritmético echa a andar de manera automática ocurre lo contrario a lo que manifestamos anteriormente: no es que el exceso de deliberación obstaculice la toma de decisiones y paralice la acción política, sino que la ausencia de genuina deliberación favorece que tomemos las decisiones dejándonos llevar sin análisis previo por los tópicos y prejuicios al uso.

Perversión de la democracia

Una vez consumada tal perversión de la democracia, pertenecer al grupo, al partido, al colectivo supone acomodarse a la moda verbal aceptada, a la tópica mayoritaria, al calorcillo del grupo para sentir su seguridad y no sentirse solo. Todo un ejercicio de gregarismo que nos adormece y nos hace sentirnos normales, demasiado normales. En estos momentos, cualquier ejercicio genuino de crítica que pretenda cuestionar la validez de esta tópica dogmática se tacha de ´alta traición`, con el consiguiente peligro de dejar de ser ´uno de los nuestros` al estar ´fuera del grupo`. Solo caben dos opciones, ´o conmigo o contra mí`, lo cual es un falso dilema propio de un pensamiento sectario. El análisis crítico de los contenidos o fundamentos sobre lo que se está deliberando se considera nocivo porque provoca desunión y es por todos sabido que la ´unión hace la fuerza`. Y añadiríamos que la unión en el error hace el error más grande, peligroso y nefasto.

En la toma de decisiones de un grupo, asociación o parlamento, etc., el consenso no debe alcanzarse pagando el precio de un déficit de deliberación. El disenso no debe verse como un boicot o un inconveniente a extirpar, sino como una fuente de reflexión libre y razonada que constituye la savia de la que manarán nuevas y buenas ideas compartidas por muchos. Simplemente hay que estar dispuesto a ser permeable a las ideas de los demás.

Valentía política

A la consumación de este plegamiento irreflexivo a la ´secta mayoritaria` la denominó John Stuart Mill a mediados del s. XIX la ´tiranía de la mayoría`: “Hoy, en las especulaciones políticas, ´la tiranía de la mayoría` suele incluirse entre los males contra los que la sociedad debe permanecer en guardia. Como las demás tiranías, la de la mayoría fue temida desde el comienzo, y aún sigue siéndolo de manera generalizada; sobre todo, cuando obra a través de las autoridades públicas. Pero, además, las personas reflexivas percibieron que, cuando la sociedad es el tirano -la sociedad colectivamente, más allá de los individuos aislados que la componen- sus medios de tiranizar no se limitan a los actos que puede llevar a cabo mediante sus funcionarios políticos. La sociedad puede ejecutar, y lo hace, sus propios mandatos, y si dicta mandatos errados en lugar de razonables, o mandatos que se entrometen en cosas en las que no debería mezclarse, lleva a la práctica una tiranía social más formidable que muchas clases de opresión política, porque, si bien no se apoya en sanciones tan excesivas, deja mucho menos vías de escape, penetra mucho más en los pormenores de la vida y llega a esclavizar incluso al alma”.

«Al contrario de lo que dice el tópico político, el pueblo se equivoca»

Lo injusto o lo discriminatorio no deja de serlo porque una mayoría así lo defienda. Es una perversión de la democracia pensar que una decisión es democrática tan solo porque ha sido decidida mayoritariamente, porque paradójicamente podríamos acabar con la democracia por métodos democráticos. Ese es uno de los peligros de toda clase de populismo. Hay una sustancia de la democracia que no es otra cosa que la defensa de los derechos de los sujetos políticos libres e iguales dentro de una comunidad política constituida y la valentía del político estaría en contrariar a la opinión pública mayoritaria cuando esta es injusta, porque, al contrario de lo que dice el tópico político, el pueblo se equivoca.

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