La huerta, nuestro patrimonio

Artículo de opinión de Alvar Gosp, miembro de Compromís por Orihuela, profesor de secundaria e ingeniero agrónomo

- Escrito el 01 septiembre, 2017, 10:42 am
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Si transportáramos en el tiempo una persona de Orihuela de mediados del siglo catorce a mediados del siglo diecinueve, sin duda reconocería el lugar donde se encuentra y sabría desenvolverse con naturalidad por todo el sistema de huerta, con sus acequias, azarbes y azudes, y las técnicas agrícolas y costumbres rurales relacionadas con la huerta y con el agua. Una forma de vida que continuó prácticamente inalterada hasta bien entrado el siglo XX, mucho tiempo después de haber llegado el ferrocarril y la electrificación a Orihuela.

La revolución industrial permitió la mejora de la productividad agrícola gracias a la fertilización, la mecanización agraria, y especialmente la aparición de los sistemas de bombeo y canalización modernos que han permitido poner en regadío zonas elevadas y alejadas de los cauces naturales. En este punto juega un papel muy importante el trasvase Tajo-Segura. Toda esta modernidad ha llevado emparejada la pérdida relativa de valor de la huerta como uso agrícola. Son más rentables grandes extensiones de monocultivo, altamente tecnificadas.

Esta pérdida de valor del uso agrícola del suelo compromete realmente su futuro, especialmente cuando se especula con él como un mero soporte de edificaciones. Pero hay razones importantes para su protección y valorización como recurso agrícola.

El cambio climático es un hecho científico incuestionable.   Los científicos afirman que una vez se superen los dos grados centígrados de subida, las consecuencias climáticas serán impredecibles. Puede que algún año no sea posible producir alimentos en alguna parte del mundo, como consecuencia de alguna catástrofe climática, como una gran seguía, inundación, o temperaturas extremas. En un mundo donde el crecimiento de la población y la demanda de alimentos continúa en aumento año tras año, la reserva de suelo agrícola fértil en un clima benigno es fundamental.

La producción agrícola mundial es altamente dependiente de la producción energética. No solo en el transporte y distribución, sino también en la mecanización, riego y producción de fertilizantes. El agotamiento actual de los mayores pozos de petróleo, junto con la mayor demanda de los países emergentes puede crear problemas en su producción en los próximos años, como afirmaron recientemente, por un lado, el director general de la Agencia Internacional para la Energía, y por otro, el director general de la petrolera francesa Total. La escasez de energía elevaría su precio, así como el precio de la desalación, de los fertilizantes, de la impulsión de agua, de la mecanización etc.

Este verano hemos podido ver imágenes del río Tajo llegando a sus mínimos históricos. Todos los partidos políticos, de todos los colores del espectro, de las comunidades por donde pasa el río Tajo están pidiendo la derogación del trasvase. Recientemente ha saltado a las noticias un informe de Greenpeace justificando su derogación y abogando por recurrir al agua  subterránea. El trasvase podría ser derogado en tres años. Recordemos que la huerta de Orihuela no riega del trasvase.

“El trasvase podría ser derogado en tres años”.

Son tres razones muy poderosas para darnos cuenta de la gran importancia que tiene nuestra huerta, y cuando hablamos de la huerta no solo nos referimos al espacio físico, sino también a su sistema de riego, y a la gente que guarda los conocimientos necesarios, transmitidos de generación en generación para su gestión eficaz.

Necesitamos un cambio de modelo hídrico que permita recuperar el caudal histórico del río Segura. Es necesaria la inversión pública para buscar otras fuentes de suministro de agua, bien subterránea o desalación y priorizar la huerta y el riego tradicional en su derecho a usar el agua del río.

Debemos ponernos a trabajar para preservar y valorizar este patrimonio cultural. Hay muchas formas de hacerlo, y tenemos a nuestro alrededor gente capaz con la mente llena de ideas, algunas puestas ya por escrito, como por ejemplo planes para reconocer el producto de la huerta como un producto diferenciado, la producción ecológica, el fomento del consumo en los mercados y hostelería locales, con sus correspondientes mecanismos de control y certificación, etc. Medidas que deberían ir asociadas a programas de investigación, normativas de protección e inversiones públicas.

Finalmente recordemos que grandes civilizaciones de la historia se iniciaron en valles fluviales del mediterráneo oriental, que salvando la escala son aún hoy muy semejantes a nuestra huerta tradicional.

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